Alguien que siente poca o ninguna atracción romántica, al margen de a quién desee sexualmente.
Arromántico —aro, para abreviar— nombra una orientación, no un estado de ánimo ni una herida. Se apoya en el modelo de atracción dividida: la idea de que a quién deseas en lo romántico y a quién deseas en lo sexual son dos mandos distintos, y no tienen por qué apuntar al mismo sitio. Una persona aro puede sentir muchísima atracción sexual, o ninguna; lo arromántico va específicamente de lo otro: los flechazos, el guion de enamorarse, esa tracción de querer pareja. En quien es aro ese mando marca bajo o en blanco, y eso es un dato sobre esa persona, no un ajuste pendiente de arreglar.
Las lecturas fáciles se escriben solas: frío, dañado, con miedo al compromiso, es que aún no ha encontrado a la persona adecuada. Ninguna se sostiene. Arromántico no es lo mismo que asexual: hay gente aro que quiere sexo y lo tiene; hay gente aro que quiere vínculos profundos y para toda la vida que simplemente no son románticos. La comunidad hasta tiene palabra para eso —las relaciones queerplatónicas—, lazos tan comprometidos como cualquier pareja pero que no funcionan con el sistema operativo del romance. Quien es aro no renuncia al amor. Renuncia a un sabor concreto de amor.
Una sala como la nuestra es justo donde esto deja de ser abstracto. Un espacio montado alrededor del deseo y del juego, y no del cortejo de cena-y-peli, es de los pocos sitios donde lo romántico y lo sexual se separan a propósito. Alguien puede estar aquí por el sexo, por la compañía, por la escena, por la comunidad, y no deberle a nadie una historia de amor. Que exista la palabra arromántico significa que una persona más puede nombrar lo que de verdad quiere en vez de fingir el guion que todo el mundo da por hecho.