Estar cuestionándote de forma activa la orientación o la identidad de género, sin haberte puesto todavía (o nunca) una etiqueta.
Questioning es la Q que a todo el mundo se le olvida que está ahí. En LGBTQ, esa última letra no es solo "queer": también es "questioning". Nombra el in-between: has notado algo, aún no sabes muy bien qué es, y no le debes una conclusión a nadie para el viernes. Puede durar un fin de semana o una década. Puede acabar en una etiqueta clara, o puede ser sencillamente el sitio donde vives. Todo eso vale.
El error es tratar el questioning como una sala de espera: una fase en la que te sientas hasta que aparezca la identidad "de verdad". Para algunas personas es un tránsito; para otras, un domicilio fijo. Ninguna de las dos versiones es más honesta que la otra. No estás "hecho un lío" por no tener la respuesta: estás haciendo el trabajo que casi todo el mundo se salta, que es hacerse la pregunta. No hay edad mínima ni máxima, ni ninguna regla que dijera que tenías que aclararte con quince años. Hay quien se lo cuestiona a los 16 y quien a los 60.
Por qué importa en una sala como la nuestra: a la gente que está en questioning se le suele decir que se dé prisa y elija —una escena a la que le encantan sus etiquetas, formularios con casillas monísimas, exs—. No tienes por qué. Puedes llegar con curiosidad, probar cosas, cambiar de opinión y dejar tus opciones abiertas sin pedirle permiso a nadie. El único requisito real es la honestidad: contigo, y con quien sea que estés explorando al lado.