El S&M es placer erótico en dar (sadismo) o recibir (masoquismo) sensación intensa —dolor incluido— dentro de un marco consentido.
El sadismo y el masoquismo son los dos extremos de la misma corriente: a una persona le pone dar sensación, a la otra recibirla. Muchas veces esa sensación es dolor —un azote, un mordisco, una vara— pero el objetivo no es hacer daño, sino la descarga que recorre el cuerpo cuando la intensidad está calibrada justo donde las dos partes la quieren. Dentro del BDSM, el S&M es la parte de juego de sensación, distinta del bondage, de los roles y de los juegos de poder mental con los que suele venir de la mano.
Las dos palabras nacieron como diagnósticos, no como diversión. Un psiquiatra del siglo XIX las metió en un catálogo de "perversiones", y durante un siglo querer que te azotaran podía valerte la etiqueta de enfermo. Sobre el papel eso ha cambiado: la psiquiatría de hoy separa tener el interés de tener un trastorno, y lo que marca la diferencia es si le hace daño a alguien que no dio su sí. La línea entre el S&M y el abuso no es el dolor. Es el consentimiento.
Por eso en el kink son, calladamente, unos obsesos del papeleo del deseo. Antes de que pase nada hay negociación —qué entra, qué no, un safeword que lo para todo en mitad de la escena—. Dos lemas cargan con el peso: "safe, sane and consensual" (seguro, sensato y consentido) y su primo más honesto, "risk-aware consensual kink", que admite que nada intenso es del todo seguro y te pide que conozcas el riesgo igualmente. Bien hecha, una escena de S&M es de las cosas más negociadas que dos adultos pueden hacerse. El moratón es la parte fácil.