La postura de que el sexo, o ciertas prácticas, es peligroso y sospechoso por definición y no algo neutro: el reverso de lo sex-positive y bandera de las "sex wars" feministas.
La sexonegatividad no es mojigatería con mejor marketing. Es toda una forma de ver el mundo: el sexo se trata como una categoría de peligro aparte, culpable hasta que se demuestre lo contrario, algo que hay que contener, autorizar y por lo que pedir perdón. Al resto de la vida le das el beneficio de la duda; al sexo, la sospecha. Gayle Rubin lo llamó justo así en 1984: una cultura que archiva el sexo como "fuerza destructiva" primero y como "algo que la gente hace" mucho después.
La pista está en la jerarquía. Rubin dibujó un "charmed circle": el sexo con pase VIP (casado, monógamo, en privado, vanilla, en pareja, por amor y no por dinero) y todo lo que queda por debajo — queer, kinky, en grupo, pagado, casual, por puro placer. La sexonegatividad es la maquinaria que hace que ese ranking parezca natural, para que el deseo de unos suene "sano" y el de otros, un problema a gestionar. No hace falta ser religioso para ejecutar este software: hay espacios laicos, e incluso progres, que también lo llevan de serie.
Y esto nos toca de cerca, porque toda nuestra escena vive en la mitad de abajo de ese círculo. La etiqueta "sex-negative" se afiló en las "sex wars" feministas de finales de los 70 y los 80, cuando un bando le declaró la guerra al porno, al trabajo sexual y al BDSM. Nombrar la sexonegatividad no va de ganar una discusión en una fiesta: va de pillar el momento en que te venden vergüenza disfrazada de seguridad — y elegir, a propósito, otro punto de partida.