Ordenar las relaciones por prioridad: una pareja "primaria" tiene más tiempo, compromiso y poder de decisión que la "secundaria", ya sea por norma explícita o por cómo ha quedado la vida.
En la palabra se cuelan dos cosas distintas. Una es el nivel de enredo: la pareja "primaria" es con quien compartes hipoteca, calendario y a lo mejor hijos; la "secundaria" tiene su propia casa, su propia vida y una porción más pequeña de la tuya. La otra es el poder: quién tiene voz y voto sobre quién. No tienen por qué ir juntas, y todo el debate moderno sobre jerarquía va justo de separarlas.
Es la línea entre lo descriptivo y lo prescriptivo que no paran de trazar quienes divulgan sobre esto. La jerarquía descriptiva es solo honestidad sobre tu agenda: una relación está más integrada que otra y nadie lo esconde. La jerarquía prescriptiva son normas: toques de queda, vetos, un techo puesto de antemano que dice que una secundaria nunca podrá ser nada más, crezca lo que crezca entre vosotros. La primera describe dónde estás hoy; la segunda dicta hasta dónde se le permite llegar a nadie. Casi todas las broncas sobre "jerarquía" son en realidad sobre la segunda disfrazada de la primera.
Y "secundaria" es una etiqueta que mucha gente se niega en redondo a llevar: que te digan que tu relación tiene un tope estructural suena menos a descripción y más a sentencia. También hay datos: el único estudio empírico grande encontró que la gente reporta más compromiso y más aceptación de fuera con las primarias, pero más secretismo —y, giro de guion, más porcentaje de su tiempo dedicado al sexo— con las secundarias. Rankear personas por niveles es, como dice una educadora, una forma "bastante capitalista y mercantilista" de mirar el amor. El vocabulario no es el malo. Usarlo para volver desechable a alguien, sí.