Una regla que da a un miembro de la pareja el poder de cortar la relación del otro con un tercero, muchas veces sin dar explicaciones.
El veto vive en la no-monogamia jerárquica, donde una pareja establecida se trata a sí misma como el cuartel general y a todo lo demás como sucursales. El trato es directo y sin anestesia: si tu otra relación me incomoda, puedo ordenarte que la cortes, y tú obedeces. Hay versiones "absolutas" —sin dar razones, nunca— y otras más blandas, que usan el veto como freno de emergencia: una señal de que algo va muy mal, no un mando a distancia para el día a día.
Y aquí está la trampa que esconde la palabra. El veto se ejerce sobre alguien que nunca se sentó a la mesa. La tercera persona —la "secundaria"— se come una ruptura de alguien en quien confiaba porque otra persona, a la que quizá ni conoce, decidió sobre su vida. Quienes enseñan sobre esto acaban siempre en la misma imagen: cuando un miembro de la pareja puede ordenarle al otro que rompa, habéis dejado de ser pareja para convertiros en una figura parental y su adolescente. Y eso genera justo lo que imaginas: resentimiento, secretismo y relaciones que se asfixian en vez de terminar en sus propios términos.
Durante mucho tiempo, el consejo poly por defecto era el veto: protege a la pareja primaria, mantén las reglas, no dejes que quien acaba de llegar se acerque demasiado. Eso está cambiando. La distinción que se hace ahora es entre jerarquía descriptiva —el peso real de una hipoteca compartida, criaturas, diez años de historia— y jerarquía prescriptiva: reglas inventadas para dejar a una tercera persona estructuralmente por debajo. El veto es la regla prescriptiva más ruidosa de todas, y cada vez más la respuesta de la comunidad es la misma: gestiona tu propia incomodidad, habla con tu pareja y no subcontrates una ruptura a una cláusula.