La polifidelidad es no-monogamia con la puerta cerrada: tres o más personas comprometidas entre sí, en igualdad, y cerradas a quien esté fuera del grupo.
Coge la poliamoría —varias relaciones amorosas a la vez— y échale el cerrojo al grupo. Eso es la polifidelidad. Nadie liga fuera, nadie duerme fuera: el círculo es el círculo. Piénsalo como la aritmética de la monogamia hecha entre más de dos: la exclusividad sigue intacta, solo que apunta a un grupo en vez de a una pareja. Un trío, un cuarteto, una casa entera: el número baila, la puerta cerrada no.
La palabra que descoloca es "igualdad". En la polifidelidad clásica no hay pareja principal ni nadie de segunda: todo el mundo cuenta lo mismo, sin ranking de a quién se quiere más. Ese es el atractivo y también lo difícil, porque mantener a varias personas de verdad al mismo nivel exige más honestidad y más gestión de la que muchas parejas logran siendo dos. Meter a alguien nuevo no lo decides tú solo: lo decide el grupo. Que alguien se marche lo recoloca todo. La estructura cerrada que da seguridad es la misma que la vuelve lenta de cambiar.
Históricamente, lo de cerrar el grupo también era una estrategia de salud sexual —un grupo unido que se hacía las pruebas y se quedaba dentro—, mucho antes de que la PrEP relajara esas cuentas. Y ese enfoque viene de donde nació la palabra: Kerista, una comuna utópica de San Francisco que funcionó con "polifidelidad" desde los setenta hasta los noventa, con calendario rotativo de cama incluido para que todo quedara equilibrado. En la misma cocina se inventaron "compersión". Así que si el término suena un pelín idealista, no es casualidad: lo montó gente que intentaba resolver la soledad y los celos con una hoja de cálculo y mucha fe.