Un "unicornio" es la mujer bisexual que una pareja ya formada sale a buscar para que salga con los dos y en las condiciones de ellos; "cazar unicornios" es esa búsqueda.
Imagina el encargo: una pareja, normalmente hetero, quiere una tercera. Tiene que ser una mujer bi que salga con los dos, que no salga con nadie más, que no toque el equilibrio que esos dos ya montaron y —punto extra— que acabe mudándose. Un lote cerrado con las condiciones escritas de antemano. La palabra "unicornio" es a la vez el chiste y el diagnóstico: alguien que firme justo eso es más o menos tan común como un caballo con cuerno, mientras que las parejas que redactan el encargo están por todas partes.
Por eso la escena de la no monogamia suele mirar de reojo la jugada entera. El problema no es que tres personas se deseen: es el cableado. La pareja sigue siendo una unidad con derecho a veto y una salida compartida; la tercera llega con un papel asignado, unas reglas que nunca pudo negociar y cero poder equivalente. La colocas de accesorio de fantasía en vez de reconocerla como una persona con sus propios deseos, su propia gente, sus propios motivos para largarse. Ese desequilibrio es la línea que separa "cazar unicornios" de un triángulo de verdad, donde tres personas construyen algo de igual a igual en lugar de instalar un plus-one.
Y aquí va el giro que merece la pena quedarse. Querer más de dos en la habitación no es el delito. Tratar a una persona como una función que le enchufas a tu relación, sí. Si de verdad la quieres a ella —su agencia, sus otros vínculos, unas condiciones que escribís entre todas y no un contrato que le pasas en la puerta— enhorabuena, no estás cazando nada. Estás ligando y ya está. Haz eso.